Gracias
a María Moreno (la más linda yucateca) por su ayuda.
Dedicado
a Gema. Pase lo que pase, ella siempre sabrá por qué.
Blando la espada, que brilla fieramente con la luz de las hogueras, y corro hacia la escalinata que ha de llevarme a lo más alto del templo. Escucho muy cerca los gritos de los cien inocentes que se aprestan a ser sacrificados a Tezcatlipoca. Miro al fanático que preside el sacrificio, arriba del zigurat, esperándome. Miro su rostro igual al mío, mis mismos ojos, mis manos, mi boca, mi pelo, mi barba, incluso mi voz, aunque hablando en idiomas diferentes. Él con una túnica gris arremangada, una espada ceñida en la cintura, con abalorios en el cuello y las muñecas, un gran tocado en el pelo y cuentas en la barba, y en su mano derecha un gran cuchillo de piedra, centelleante. Él invocando a un ídolo de piedra y yo rezando en silencio a Dios. Él arriba y yo abajo, ambos tan parecidos que nadie podría distinguirnos.
Ya estoy subiendo los escalones. No me detengo para nada, no tengo tiempo
que perder. Mis hombres ya están muertos. La brujería del maldito de ahí
arriba se encargó de ellos. Estoy cada vez más cerca. Me mira, sonríe, pues
sabe que el enfrentamiento es inevitable y necesario para su victoria. O eso
cree. No me vencerá. Soy Martín Cortés, caballero y comendador de la Orden de
Santiago en Nueva España por la gracia de Dios. Un maldito loco no podrá
conmigo.
Veo las llamas en cuatro pedestales, bailando enloquecidas, con el manto
de la tarde sobre los hombros. Y me repugna este fuego que repele a la oscuridad
porque sé que ha ardido con grasa humana. Las estrellas tililan en el
firmamento confundiéndose con las chispas de las sacrílegas hogueras. Al compás
de esa flama arde mi corazón ahora en deseos de venganza. La cólera me domina.
Grito y maldigo, enfurecido. El otro ríe. Los tambores suenan. Tambores
sonando. Tam. Tam.
Tam.
Tam.
Tam.
Los aztecas que sirven a ese loco bailan alrededor de la base del templo. Me han dejado subir, saben que su señor quiere luchar conmigo y ofrecer también mi corazón, el que él cree que es del hijo de Quetzalcoatl, al dios de la noche.
Ya he llegado a lo más alto de la escalinata. Estoy ante el altar de sacrificios. El hombre con mi rostro suelta el cuchillo de piedra y desenvaina la espada. Levanto la mía y con un rugido descargo un golpe contra él. Bloquea mi hoja con facilidad, y quedamos los dos frente a frente, mirándonos, como dos jaguares a punto de lanzarse al ataque. Los dos gruñendo. Ferocidad. Fuego. Acero. Él alza su arma...
Dicen que antes de morir toda la vida pasa por delante de nuestros
ojos. No sé si ha llegado mi hora, y aunque no toda mi vida esté pasando ante
mi vista sí que veo con claridad los hechos que me llevaron a esto.
“Todo empezó hace menos de una semana. Recién nombrado Comendador
de Nueva España de la Orden de Santiago por el Gran Maestre Carlos I de
Castilla, yo, Martín Cortés, nacido de los amores entre Hernán Cortés y la
india Malitzin, recibí el aviso de que un nutrido grupo de aztecas había
atacado un campamento de mis hombres. El hombre que me trajo la noticia,
sudoroso y polvoriento, me pidió que partiera junto a él, pues se necesitaba
mi presencia allí. Desde luego el asunto no presentaba buen aspecto: lo que
menos necesitaba yo en ese momento era una insurreción indígena. Así que
enjaecé a mi caballo, me ceñí la espada a la cintura y partí junto al
mensajero, camino al lugar del ataque. Al día siguiente al amanecer ya habíamos
llegado; cuando bajé del bruto un par de hombres de confianza míos estaban ya
esperándome, prestos para darme detalles:
-¡Señor, señor! ¡Hace dos noches nos atacaron!- dijo uno, y su
compañero se apresuró a interrumpirle:
-No nos dimos cuenta de nada hasta que no los tuvimos encima. Eran
muchos, pero evitaron a nuestros guardias. Casi nos arrasan: sólo nos
despertamos cuando prendieron fuego a una de las tiendas. Pero estamos bien
entrenados, señor, y pudimos rechazarles- aclaró, henchido de orgullo.
-Pero, ¿sabéis lo que dicen algunos? Al parecer el hombre que los
dirigía, ¡era exactamente igual que vos! Alto, moreno, con barba, ojos fieros,
mandíbula fuerte, manos grandes, espaldas anchas, ¡igual, igual que vos!-
explicó muy nervioso el otro.
-¿Qué insinúas, que yo mismo he atacado a mis tropas? –rugí.
-¡Dios me libre!- respondió.- Pero yo también lo vi, comendador, y
se parecía tanto que... Bueno, será un brujo que ha tomado esa cara para
despistarnos...
-¡No digas estupideces! ¡Tomaste demasiado licor esa noche!- concluí.
Después pregunté por los detalles del ataque: desde dónde habían llegado, cuáles
eran sus objetivos, etcétera. No encontré una estrategia clara: se lanzaron a
la carga sin orden ni concierto. Parece que su única misión era matar cuantos
más hombres mejor. Al fin inquirí si habíamos tomado algún prisionero.
Afortunadamente dejaron atrás algunos heridos, y quizá uno o dos de ellos
estuvieran ahora en condiciones de hablar.
Llegué a la tienda que hacía las veces de improvisada prisión y saqué
de allí al único azteca que no estaba malherido o delirando. Pedí a mis
hombres que me dejaran solo y me alejé con el prisionero, al que mantenía
atado bien corto para que no escapara. Lo senté en un tocón de árbol y clavé
mi espada en el suelo junto a él. Decidí perder el mínimo tiempo posible con
esto.
-¡Ahora,
estúpido y maloliente bastardo, me vas a decir porqué nos habéis atacado!- le
insulté mientras le agarraba de los hombros. Al ver que callaba comencé a
zarandearlo violentamente.
-¡Tú
eres mi señor, tú lo sabes mejor que nadie!- gritó en su idioma. Gracias a
Dios mi madre me enseñó muchas lenguas nativas, así que pude continuar la
conversación sin problemas.
-¡Yo
no soy tu señor! ¡Mírame bien! ¿Me parezco a él?
-¡Eres
igual, eres igual! ¡Tú eres mi señor! ¡El siervo de Tezcatlipoca!- dejé de
sacudirlo. Aquello sonaba extraño.
-Empezamos
a entendernos. ¿Tu amo es un sacerdote del dios de la noche?
-¡Tú
lo sabes, pues tú eres él y eres su enemigo a la vez!- yo ya no comprendía
nada, así que decidí dejar la violencia e intentar tranquilizarle para que
dijera algo coherente.
-Vamos
a ver... eh, ¿cómo te llamas?
-Cuitlacóatl-
dijo entre sollozos.
-Bien,
Cuitlacóatl, escúchame atentamente. Tu señor, aunque quizás sea igual que
yo, es una persona diferente. Es el líder de un grupo del que tú formabas
parte, ¿no?- asintió con la cabeza.- Bien. ¿Cuáles son vuestras intenciones?
– dudó un momento, pero cuando se fijó que yo alargaba la mano hacia la
espada le cambió la cara de repente y decidió que lo mejor sería contármelo.
-Mi
amo es el sumo sacerdote de Tezcatlipoca. Quiere para nuestro pueblo que seamos
libres, quiere que volvamos a ser los dueños de esta tierra. Va a invocar a su
Señor para que venga, para que venga y nos libere y os expulse, eche de aquí
al hombre blanco, a Quetzalcóatl. Porque él es también hijo de Quetzalcóatl,
que trajo al hombre blanco, que trajo nuestra destrucción, pero quiere lo mejor
para nosotros y por eso va a invocar al gran Tezcatlipoca, para después
declarar la guerra a los que vinieron con la Serpiente Emplumada y destruirlos a
todos.- dijo casi sin respirar, como si cantara una letanía que se hubiera
aprendido de memoria. “Ese hombre les tiene bien adoctrinados”, pensé.
-¿Y
cómo piensa tu amo invocar a Tezcatlipoca?- se me ocurrió de repente algo
horrible.
-¿Cómo
invocar al dios de la noche? Ofreciéndole un sacrificio, un gran sacrificio
humano para honrarle. Cien hombres y mujeres blancos, sí, serán capturados
dentro de cuatro días y muertos con la llegada del siguiente anochecer. Los
matará a todos y ofrecerá sus vísceras a las estrellas, y su sangre caerá al
cenote y del cielo bajará el dios Jaguar, el señor de la noche, Tezcatlipoca.
–terminó, y al ver mi cara se arrepintió de habérmelo contado y se echó a
llorar. Yo me había puesto pálido. Cien... Era posible, yo sabía que
sacrificaban gente de su propia raza. ¡Pero no podía permitir que lo hicieran
con un cristiano! Además, aunque sabía y sé perfectamente que ningún dios va
a bajar de los cielos para acompañarles en una guerra, temo la fuerza de los
aztecas. Son muchos, y bien organizados podrían representar una seria amenaza.
Debía averiguar de dónde iban a ser tomadas las víctimas para el sacrificio,
y en qué lugar se iba a realizar éste. Esperé a que el indio dejara de llorar
y se lo pregunté. Tras algunas reticencias, y después de prometerle que le
perdonaría la vida, al fin me indicó los dos sitios: un poblado a una semana
de viaje de aquí, y un cercano templo de Tezcatlipoca. Lo devolví a sus
carceleros y marché para dar un paseo y aclarar las ideas.
¡Cien! ¡Cien muertes! ¡Un centenar de hombres y mujeres inocentes,
asesinados por un fanático religioso! Y todo para que un falso ídolo le acompañara
en una inútil guerra contra nosotros. Intenté recordar la leyenda de los dos
dioses que fueron mencionados por el prisionero, por si algún detalle me
sirviera de algo. Quetzalcóatl es para los aztecas el dios de la sabiduría. Se
le representa como un hombre blanco barbado, vestido con un traje de hierro y
plumas en la cabeza; o bien con la forma animal de la Serpiente Emplumada. Se
dice que fue creador del mundo y rey de los aztecas, a los que hizo florecer
como civilización gracias a sus sabias enseñanzas. La leyenda afirma que está
eternamente enfrentado al astuto Tezcatlipoca, señor de la noche, las
tinieblas, el cielo estrellado, el invierno y el norte, cuyo símbolo es el
Jaguar. Es sabido que algunos aztecas tomaron a mi padre por Quetzalcóatl
debido al casual parecido con su aspecto. Los mismos castellanos fomentaron esa
idea idólatra para conseguir el favor de los nativos. Evidentemente mi padre no
es ningún dios, pero ese extraño brujo debía de estar utilizando la leyenda a
su favor: en el mito, Tezcatlipoca fue el causante de que Quetzalcóatl
abandonara su cargo de rey de los aztecas y se marchara a otras tierras. Y
aunque éste fue un dios benévolo y aquél fue causante de muchas desgracias,
bien sé que un hombre carismático puede reunir un ejército bajo cualquier
bandera, por maligna que ésta sea, sólo con la fuerza de su verbo.
No había tiempo que perder. Estaba obligado a cubrir una semana de viaje
en sólo cuatro días. Armé todos
los hombres de los que pude disponer para el combate sin dejar desprotegido el
destacamento: tan sólo ciento cincuenta soldados. Una hora después estábamos
ya en camino; al galope hasta encontrarnos con selva cerrada, momento en el que
tuvimos que desmontar, dejar unos pocos para que llevaran los caballos a un
lugar seguro, y continuar a pie.
En la selva el aire puede masticarse. Hace calor, muchísimo calor.
Aunque puedes pasar días sin ver un pequeño riachuelo de agua potable, el
ambiente es asfixiantemente húmedo. Árboles y más árboles, plantas, verdes
montañas de hojas, y el constante silbido, ruido y golpeteo sobre tu cabeza de
los animales que viven en los árboles. Debes estar atento a cada paso: nunca
sabes a qué distancia de ti está la serpiente más cercana, y hay tantos
animales ponzoñosos como cabellos en tu cabeza. Pasó un día, dos, tres de
carrera, de abrirse paso a espadazos, de fatiga, de sudor; casi no parábamos
para dormir y siempre descansábamos por turnos para prevenir los peligros. Llegó
el cuarto y ya no tenía más ánimos que infundir a mis hombres, no me quedaban
palabras de aliento ni formas de pedirles que corrieran más. Y debíamos darnos
más prisa que nunca, pues la tragedia podía ocurrir de un momento a otro.
Al fin, al amanecer del cuarto día, vimos la linde de un gran claro, y
en él casas, calles, un pueblo. Ardiendo.
Preparamos las armas con gran velocidad. ¡Quizá aún no fuera
demasiado tarde! ¡Tal vez pudiéramos hacer algo! ¡A la carrera, por la Orden!
¡A la carga! ¡Al combate...!
Y entre el humo y las llamas, nada, nadie. El pueblo vacío. Masacrado.
Cadáveres por las calles. Animales muertos. Sangre. Muerte. Fuego.
Desalentado, caí de rodillas increpando al cielo. Los soldados
soltaron las armas y maldijeron, apenados por el infausto destino de docenas de
pobres hombres a los que no habíamos podido salvar. Rezongando, anduvieron
hacia el camino de vuelta. ¡Alto! ¡Aún no se podían ir! ¿Por qué? ¡El
sacrificio! ¡Cien hombres y mujeres serían hechos prisioneros y sacrificados
al siguiente amanecer! ¡Aún podíamos hacer algo!
Tracé un plan rápidamente. De seguro nos íbamos a ver fuertemente
superados en número atacándoles en su propia guarida, así que descarté el
ataque frontal. Lo mejor sería una incursión rápida con un grupo reducido que
fuera eliminando el peligro de los guardias, localizara exactamente a los
enemigos y liberara, si pudiera, algunos prisioneros; y cuando estuvieran
listos, lanzarían una flecha ardiendo al aire como señal, para que el resto de
los soldados atacasen. No era un buen plan, pero tampoco había ninguna idea
mejor, así que elegí nueve hombres que me acompañaran; yo lideraría el
grupo. Di instrucciones exactas sobre qué hacer si no volvíamos o no recibían
la señal y me interné con los míos en la selva.
¿Sabéis lo que siente un mono perseguido por un jaguar? Sentir un gruñido
tras de ti, pararte y percibir un silencio ominoso y echar a correr, porque
sabes que la jungla calla cuando el jaguar caza. Y escuchar sus jadeos y sus
pasos, y correr y correr y correr y saber que no lo has despistado, y seguir
corriendo. Y ver cómo tus compañeros caen uno a uno, tropiezan, desaparecen,
la selva se los lleva, los devora, los traga. No, no puedes saberlo. Nadie sabe
lo que siente una presa hasta que no se convierte en una. Yo no lo sabía, y lo
averigüé entonces.
Sin saber porqué, cuando llevábamos pocos minutos andando, nos
detuvimos todos. En silencio. Escuchamos algo extraño. Un movimiento entre las
hojas, una rama que se quiebra. Ningún otro ruido. Yo sentía algo extraño en
el aire. Un soldado susurró con nerviosismo: “¿Es que no lo oís? Encima de
nosotros...” Comenzó a girar, desenvainó la espada y dio dos mandobles al
aire. “¡Sal de ahí, espectro! ¡Ven donde yo pueda verte!”, gritaba. ¿Se
había vuelto loco? Me lancé a sus piernas para derribarle antes de que se
hiciera daño o hiriera a algún otro. Se tranquilizó y me pidió que lo
soltara, así que le dejé levantarse y seguimos andando.
A los pocos minutos se detuvo de nuevo. “¡Pero mirad! ¿Es que no lo
veis? ¡Está ahí, entre las ramas!” gritó mientras señalaba algún lugar
entre el follaje. “¡No, no! ¡Vete! ¡No te acerques!”, exclamó
aterrorizado mientras retrocedía. La jungla estaba en silencio total. Con un último
grito de pánico dio media vuelta y echó a correr, perdiéndose entre los árboles.
Detuve a los hombres que intentaron seguirle. Es imposible encontrar a
alguien perdido en la selva. “Él ya está muerto”, les dije. “No merece
la pena que nadie se sacrifique por encontrar su cuerpo.” Así que
continuamos. Y fueron uno, dos más los que dijeron ver esa extraña bestia
inexistente y huyeron, desapareciendo en la espesura. Al tercero lo agarré a
tiempo, pero sólo le hice ganar unos segundos de vida; cuando le miré a los
ojos su mirada estaba perdida, muerta, desencajada; la mandíbula caída, los músculos
lacios. Había enloquecido. Con lágrimas en los ojos le quité la vida, para
evitarle mayores sufrimientos. Quedábamos seis, contándome a mí. No tuve
oportunidad de evitar la siguiente muerte: el que iba en cabeza se detuvo, alzó
la cabeza para mirar entre los árboles y alzó el dedo, tembloroso, mientras
gritaba: “¡No! ¡No me cogerás vivo!”. Antes de que yo pudiera reaccionar
sacó un cuchillo del cinto y se lo clavó en el vientre.
Aquello ya me superaba. Miré a los cuatro que aún quedaban,
atemorizados, mirando a todas partes, buscando la amenaza. No sabía qué hacer,
así que les dije que si querían podían volver. “No puedo encargarme de
vuestra seguridad. No os pediré responsabilidades si os volvéis ahora.” Pero
eran valientes, desgraciadamente para ellos, y respondieron: “Hemos jurado
lealtad; no nos iremos ahora.” Habían de caer todos, igual que sus compañeros,
en menos de una hora.
Al fin me quedé solo. Había dejado atrás el último cadáver
insepulto hace rato, cuando yo también escuché algo. Un crujido, ramas moviéndose.
La selva calló. Y vi entonces una forma deslizándose entre los árboles. No
tenía color ni materia, era sólo como una ondulación en el aire; a través de
él podían verse las hojas del otro lado deformadas, como mirando con una
lente. Pero era un jaguar, de eso estoy seguro. Lo vi bajar, perezoso e
indolente, hacia mí. Permanecí tranquilo, sin dejarme vencer por el miedo,
hasta que me miró.
Sus ojos sí podían verse. Eran como dos agujero en el día que dieran
a parar a la noche más oscura; como trozos de cielo nocturno, como pedazos de
tiniebla, como sombras de maldad. Entonces sí sentí el pánico recorrer mis
venas. Yo también quise salir corriendo, huir de aquel ser con esos ojos terroríficos.
Pero me mantuve firme, pensé en los cien inocentes que iban a ser sacrificados,
y no me moví. Siguió acercándose a mí. Yo ya había resistido más que mis
hombres, que probablemente sucumbieron al ver sus ojos. Pero a mí no me vencería.
Desenvainé la espada y la blandí con ferocidad, mascullando: “¡Conmigo no
podrás, maldito demonio!”. Lo esperé de pie hasta que estuvo muy cerca; y
entonces salté hacia él con la espada por delante. Alargué los brazos, ¡y lo
toqué! ¡Si estaba hecho de algo, podía ser herido! Lo agarré, me abracé a
él, rodamos juntos por tierra y en el suelo peleamos, él intentando abrirse
paso a mi cuello e inundando de pánico mis sentidos con su mirada, yo rehuyéndola
y buscando su vientre para clavarle mi espada. Apoyándose en sus cuartos
traseros me empujó hacia atrás; perdí el equilibrio y caí con la espalda
pegada al suelo. Saltó hacia mí. Era el momento. Levanté el arma y ensarté
con ella al fantasmagórico jaguar. Su boca se abrió en un apagado grito de
dolor, y desapareció. No quedó ni una mancha de sangre en mi espada.
Me levanté y sacudí el polvo de mis ropas. Debían de restar pocas
horas para el anochecer y aún me quedaba un buen trecho hasta el templo. Alargué
el paso todo lo que pude. El resto del camino fue todo lo tranquilo que puede
ser caminar a través de la jungla. Al fin vi la linde del claro en que se erigía
el majestuoso edificio. Corro hacia la gigantesca pirámide. Blando la espada,
que brilla fieramente con la luz de las hogueras...
Veo la pelea como desde fuera de mí, a través de un crisol de sangre,
fuego y acero. Esa pequeña figura de ahí que soy yo desvía un tajo. Y ese
otro muñeco que también soy yo ensaya otro golpe, una finta, y otro y otro más.
Y yo esquivo como puedo, y yo describo un arco con mi espada, y yo esquivo ese
tajo, y yo me lanzo para agarrar mis pies. Salto y subo al altar, de un brinco
subo yo también y ahora forcejeo conmigo. Y yo me agarro por la cintura, y me
alzo con la fuerza de mis brazos hasta más arriba de mi cabeza. Al fin me
tengo, no he podido conmigo. Me lanzo escaleras abajo. Me veo rodar escupiendo
sangre. Sí, le he vencido, por fin, tanto dolor, esfuerzo y sacrificio ha
merecido la pena.
Y entonces vuelvo a estar dentro de mi cabeza y a ver desde mis ojos; y
alzo la vista al altar, donde ese enemigo mío que soy yo se regocija en su
victoria. He llegado hasta el fin de las escaleras en mi caída, o hasta el
principio, según desde dónde se mire. No sé por qué se ríe, no me ha
matado. Voy a volver a subir para terminar con esto.
Ahora sí comprendo de qué se reía. El
sol casi ha desaparecido.
-¡No,
no, NO!- grito mientras subo los escalones de dos en dos, de tres en tres, de
trecho en trecho lo más rápido que puedo. Le veo recoger el cuchillo de piedra
del suelo. Alzarlo, sujetándolo con las dos manos, mientras entona un cántico
incomprensible. Detrás de él hay un hombre con una trompa de cuerno en la
boca. Esperando la señal. Y la señal llega, en forma de puñal de piedra
atravesando un invisible pecho en el altar de Tezcatlipoca. Hace sonar la
trompeta con toda la fuerza de sus pulmones mientras yo aún no he llegado a la
mitad de la pirámide.
Y los cien ejecutores que estaban dentro del templo, esperando, con sus
cien víctimas suplicantes atadas a sendos altares de piedra, interpretan la señal
convenida. Y sus cien cuchillos de piedra debieron descender igual que el de su
líder, pero ellos sí encontraron un pecho que destrozar, un corazón que
arrancar y una sangre que verter. Y veo al poco caer sangre por cien pequeños
lechos, rodando lentamente hasta el cenote, y teñir allí el agua de rojo.
Caigo de rodillas y lloro. Soy un hombre, y un gran guerrero, pero
hasta los más fuertes tienen momentos de debilidad. Cien inocentes, cien habían
muerto por mi culpa, por no haber podido detener al asesino a tiempo. Nueve
valientes soldados habían sacrificado sus vidas para nada. Y ahora ese idiota
creía tener el apoyo de su dios, e iba a liderar una guerra contra nosotros. Y
yo iba a morir allí; los aztecas rodeaban el templo, no había forma de
escapar.
Pero, ¡ah!, no he de morir para nada. No me iré sin dar guerra. Alzo
la vista con los ojos inyectados en sangre. Un volcán estalla en mi pecho, un
jaguar ruge en mis venas, un huracán sale de mi boca y se convierte en mi voz,
en mi grito de guerra. Corro hacia el asesino. Le miro. Está sonriente, alzados
los brazos hacia el sol que muere. Encuentro mi espada, caída pocos escalones
por debajo del altar. La llevo lo más arriba que puedo, concentro toda mi
fuerza en los brazos, me preparo para descargar mi último golpe, el que tenía
que partirlo por la mitad.
Y presencio entonces un milagro.
Ese loco que es igual que yo estalla en carcajadas. Grita en azteca:
“¿Es que no lo sientes, hijo de Quetzalcóatl? ¡Tu Enemigo está aquí!”.
Se escucha una explosión, como un trueno; a gran velocidad un cúmulo de nubes
se arremolina sobre nosotros, y veo nacer y caer un rayo sobre el asesino. Le
envuelve la luz sin quemarle, le alza del suelo, le levanta más arriba del
altar. Mi filo muerde la piedra levantando chispas. Le veo en el aire, dentro de
una esfera de blanco fulgor, riendo con violencia. Siento que absorbe la
oscuridad de la noche. Veo un gran jaguar hecho de estrellas bajar del cielo, lo
veo correr y saltar, gigantesco y majestuoso. Y empequeñece hasta convertirse
en una forma cegadora del tamaño de un puño, que se desplaza hacia el pecho
del loco y entra en él. La luz se apaga, o sería mejor decir que queda
encerrada dentro de él. Baja lentamente hasta tocar el suelo con los pies. Aún
brilla un poco. Sus ojos son iguales que los del fantasma al que me enfrenté en
la selva.
No, no son iguales. Son más terroríficos aún.
Camina
hasta estar frente a mí. Levanto la vista y le miro con odio. Él sólo sonríe.
Espero a que me golpee.
¿No lo hace? Se detiene, se arrodilla, me levanta la barbilla y me mira
a los ojos. Habla con una voz que es lenta y pausada y grave como las estrellas
a su paso por el firmamento. Dice:
-Podría
matarte ahora. Pero no tendría sentido. Tú y yo tenemos que enfrentarnos, hijo
de Quetzalcóatl. Te guste o no. Es nuestro destino. Soy igual que tú; o mejor
dicho, soy tú. O tú eres yo. Qué más da. Lo único que importa es nuestro
enfrentamiento. Nunca nada más ha tenido importancia. Desde el principio de los
tiempos, hasta el fin de los tiempos. Siempre en guerra. Ahora levántate y
vete, Martín Cortés, hijo de mi enemigo. Obtén el poder de tu padre y enfréntate
a mí. O de lo contrario destruiré primero a los tuyos, y después a los míos,
y después a todo ser que pise la tierra, porque soy un dios y puedo hacerlo.
–dijo. Y me levanta despacio pero con firmeza.
Sin saber cómo ni porqué, echo a andar como hipnotizado. Bajo las
escaleras sin ver nada, sin darme cuenta de lo que ocurre a mi alrededor. Me
interno en la selva. Los árboles se apartan a mi paso, ningún animal se cruza
en mi camino. Llego al lugar donde, impacientes, esperan mis soldados. Y allí
caigo inconsciente.
******
Desperté horas después sobre un improvisado camastro. A mi alrededor
se arremolinaban médicos y curiosos. Se escucharon suspiros de alivio cuando me
levanté sin dar muestras de dolor; sin dar explicaciones organicé las tropas
para un rápido retorno. Uno de los soldados me preguntó:
-¿Y
nuestros compañeros, señor?
-Han
muerto luchando, como hombres valientes- mentí. Le vi alejarse entristecido. Aún
no sabía qué les iba a contar a las tropas; ya lo decidiría cuando llegara el
momento.
Llegamos al campamento algunos días después. Pronto se me pidieron
explicaciones: sólo pude decir que fue imposible detener el sacrificio y que
ahora estábamos en guerra contra un ejército de aztecas probablemente muy
numeroso.
-¡No
hay peligro!- gritó uno- ¡Aunque sean muchos, no tienen nada que hacer contra
nosotros, que estamos bien armados y organizados!
Les
dejé que se lo creyeran. ¿Cómo contarles el milagro que se había obrado ante
mis ojos? Me habrían tachado de loco y puesto a otro en mi lugar. Yo no sabía
a qué me enfrentaba. Un desconocido dispuesto a cualquier cosa, que (Dios sabía
por qué) era una copia exacta de mí, y tenía además (si no lo soñé) el
apoyo de Alguien o Algo extremadamente poderoso. ¿Un demonio? Quizás. ¿Un ángel?
No es imposible. ¿Y si era nuestro Señor quien les apoyaba? Quizá fuera su
lucha por la liberación más justa que la nuestra por la Fe Verdadera. O tal
vez ninguna de las dos era buena a los ojos de Dios. ¿Pero qué era ese rayo
que cayó sobre él sin matarlo, ese jaguar de estrellas que bajó del cielo
para posarse en su pecho?
Brujería azteca. Sólo ellos comprenden su magia y sus falsos dioses. Y
yo no podía saber lo que estaba ocurriendo sin entender aquella hechicería. Así
que necesitaba hablar con un indio, uno que estuviera de mi lado, que fuera fiel
a mi causa y además una persona sabia. Sólo había alguien así: mi madre.
Dejándolo todo preparado para rechazar un posible ataque, marché a
lomos de un caballo pardo que parecía cabalgar sobre el viento; en un día
llegué a la casa de mi madre, que fue bautizada por sacerdotes cristianos como
doña Marina. Me voy a referir a ella de todas maneras como Malitzin, que es el
nombre que prefería para sí.
Crucé el umbral de su casa, la abracé y la besé y me senté a su lado;
charlamos un rato de cosas vanas, hasta que al fin ella misma me interrumpió
para decirme:
-Hijo,
¿qué es lo que te ha traído aquí?- titubeé un poco, y le conté todo lo
ocurrido desde que todo esto empezó.
-¿Madre,
qué sabes de esto?- inquirí al fin - ¿Qué puedes decirme? ¿Qué era esa
figura de estrellas?- la inundaba yo de preguntas, como cuando era niño,
preguntando todos los porqués.
-Hijo,
tú y yo somos cristianos, aunque de distinta manera. Tú afirmas que sólo
existe un Único Dios que es Todopoderoso, y nada puede enfrentarse a él. Yo
creo en Él y a Él adoro, pero creo también que existen otros dioses. Porque
los he visto. Y sé lo que son capaces de hacer. Tezcatlipoca es astuto y cruel,
hijo mío. Por lo que me has contado ese...- dudó un instante – hombre
consiguió invocarlo; el sacrificio fue grato para el dios de la noche. Y ahora
se ha fundido con su esencia para iniciar una nueva lucha contra su viejo
enemigo.
-Madre,
¿cómo puedes decir eso? ¡Blasfemas contra el Nombre!- susurré incrédulo.
-Piensa
en lo que has visto y oído.- respondió.
-De...
acuerdo. –acepté al fin- ¿Y qué debo hacer entonces?
-Enfrentarte
a él.
-¿Cómo,
si es un dios? No tengo posibilidades.
-Hijo...
quizás tú también tengas sangre de dios...
-Oh,
vamos, no me vas a venir ahora con ese cuento de que mi padre era el dios
Quetzalcóatl...-dije entre risas.
-Martín,
¿conoces la leyenda tan bien como yo? De ser así sabrías que Quetzalcóatl
vino “de lejanas tierras”, y a ellas regresó cuando se marcho de aquí.
Quizá fuera un dios que hubiera nacido en el Viejo Mundo. Enfréntate a la
realidad: sólo tienes una opción, y es creer lo que te digo, y buscar la forma
de invocar tú también al dios que llevas dentro y enfrentarte a él en
igualdad de condiciones. Eso, o serás masacrado, y después de ti tus hombres,
y después todos los aztecas, y después volará por el mundo el Gran Jaguar
para acabar con todo.
-Pero...-sólo
acerté a decir, hundiendo mi cabeza entre mis manos. Cuando recuperé la
compostura pregunté: -De acuerdo, pero, ¿cómo puedo despertar esa... esencia
divina que se supone hay en mi interior?
-Dame
tiempo para pensarlo... Llévame contigo a donde vayas. Te seré útil. Mis
conocimientos te servirán, seguro.
-¡Pero,
madre! ¡Eres ya muy...!
-¡Ni
te atrevas a llamarme vieja, o tendré que darte unos azotes!- me gritó riendo.
Sonreí yo también. No me había tranquilizado, pero al menos ahora tenía algo
que intentar. Aunque no me creyera ni media palabra de lo que me había dicho mi
madre, algo tenía que intentar, aunque fuera eso. Cuando ya nos íbamos recordé
una cosa:
-Por
cierto, ¿se te ocurre cómo ha conseguido ese hombre ser tan parecido a mí, y
para qué lo ha hecho?- me detuve. Ella quedó muda, como dubitativa. Al fin me
indicó con un gesto que volviera a sentarme. La obedecí, sorprendido por su
reacción; con la mirada fija en el suelo comenzó a contarme la siguiente
historia:
-No
estoy muy segura, hijo, pero verás... Los amores entre Malitzin y Hernán Cortés
dieron feliz fruto muy pronto. Pero ella no tuvo un retoño de él, sino dos. El
día caluroso que di a luz, asistida por una rolliza y sonriente matrona, fueron
dos hermanos gemelos los que salieron de mi vientre. Cuando los tenía ya en mis brazos y los besaba entre lágrimas
escuché un fuerte rugido. Frente a mí los arbustos se apartaron y emergió de
ellos un gigantesco jaguar.
“Quedé paralizada por el terror; no... no podía moverme, no podía
gritar, no... La matrona desapareció y la bestia anduvo hasta mí, lenta y
majestuosamente, con la mirada brillante. Cuando estaba enfrente mía la vi
agacharse, tensar y los músculos y saltar a un tiempo, y ya la tenía encima.
En un instante de confusión, hijo mío, todo fueron garras, colmillos y gritos.
Una gran rama venida de cualquier parte se estrelló en la cabeza de la bestia:
la matrona había vuelto, armada con lo primero que encontró, para intentar
ayudarme. El jaguar retrocedió algunos metros por el impulso del golpe, pero ya
tenía a uno de los niños en la boca. Sin prisas se dio media vuelta y se marchó
sin mirar atrás ni correr, como desafiándome a que le persiguiera. Sólo pude
entrever al pequeño en su boca: estaba intacto, tiernamente abrazado por
aquellos gigantescos dientes, como si el animal llevara una de sus crías. No
había ni una gota de sangre en los colmillos de la bestia.
-Ya
no llores, pequeña... Si así ha pasado es que ése era su destino... Ese niño
nació muerto. No hubiera vivido mucho más si resulta sabroso para los
jaguares- me dijo la matrona, intentando consolarme.- Pero es extraño que no lo
haya matado... No sangraba, niña. Se lo ha llevado él... ¡Tezcatlipoca, el
Jaguar, ha sido él! Quizá deberías alegrarte, no ha podido ser otra cosa:
¡Él ha elegido a tu niño!- me repetía. En ese momento sonreí por lo que creí
ingenuidad de aquella mujer; y ahora... debo decir que quizás tuviera razón.
¿Y si ese hombre es tu hermano? Eso explicaría muchas cosas: su unión con
Tezcatlipoca, su parecido contigo...”
Aquello sí que me sonaba increíble. La miré, abrí la boca para decir
algo y preferí quedarme callado. Levanté a mi madre y la abracé, agradeciéndole
al oído su ayuda y prometiéndole que pensaría en esa historia. La subí al
caballo y nos marchamos juntos al trote ligero.
Dos días después estábamos entrando en el campamento. Tras comprobar
que todo seguía en orden salí a dar un paseo para aclarar mis ideas. Llegué a
dos conclusiones: la primera, que la historia de mi madre podía ser increíble,
pero era la única que encajaba. La segunda, que no tenía más opción que la
que ella me ofrecía, por muy estúpida que pareciera. Lo que era obvio es que
ese hombre, fuera mi hermano o no, poseía un poder mayor al de un humano
normal; que proviniera de un dios o no es otra cosa.
Así que busqué a mi madre y le dije:
-He
decidido hacerte caso. ¿Has pensado ya qué podemos hacer?
-Sinceramente,
hijo, no tengo ni idea. Sólo se me ocurre ir a algún templo de Quetzalcóatl y
allí dirigirle nuestras plegarias; quizá nos escuche y mande alguna señal.
-No
nos queda otra opción... ¿Cuál es el templo más cercano?
-Está
a cinco días de aquí. Dame un mapa, intentaré indicarte dónde...
Tras
aclararme su localización exacta hicimos los preparativos para un viaje largo:
comidas, armas, etc. No sabíamos con qué nos podíamos encontrar. Al fin mi
madre y yo montamos en nuestros caballos y partimos hacia allá.
El viaje fue relativamente tranquilo: hube de espantar una manada de
monos que se empeñó en tirarnos fruta podrida, pero poco más. Cansados y
jadeantes llegamos al fin a la explanada del templo, un majestuoso edificio de
piedra con la habitual forma de pirámide escalonada. Jalonando las escaleras,
al modo de una gigantesca baranda, se distinguía la gran imagen tallada en
piedra de una serpiente emplumada, símbolo del dios Quetzalcóatl. Mi madre me
dijo:
-Quítate
el casco, hijo; éste es un lugar sagrado y debes mostrar el debido respeto. Póstrate
de rodillas ante las escaleras. Dirige tus plegarias a Quetzalcóatl y pídele
que venga a ti, pues su enemigo ha regresado, e igual que Tezcatlipoca fue el
que le hizo marcharse hace siglos hoy han de trocarse los papeles y ser su poder
el que expulse al Jaguar. Yo voy a buscar un sitio seguro donde acampar.- así
lo hice, y cuando ella se hubo marchado yo ya estaba postrado de hinojos rezando
fervorosamente a un dios en el que no creía.
No sé cuánto tiempo estuve en esa postura: los minutos debieron de
convertirse en horas y mi madre no regresaba. Al fin me rendí, pensando que
estaba perdiendo el tiempo; abrí los ojos y me levanté.
Ante mí vi (lo juro por lo más sagrado) la gigantesca cabeza de piedra
de la serpiente, que se había levantado de su lecho de escalones y me miraba
con ceño adusto. Una voz que parecía salida de la misma tierra salió de su
boca:
-¿Cómo
te atreves a ofender al gran Quetzalcóatl con tu poca fe? ¡Habrás de pagar
por ello!-dijo en azteca. Aquel sonido era retumbante como el trueno, sordo como
los latidos del corazón.
Aterrorizado retrocedí unos pasos, y con un ruido chirriante como el de
rocas moviéndose me siguió, reptando.
No sabía qué estaba pasando. La gran serpiente de piedra comenzó a
rodearme con sus anillos lentamente. ¡Me di cuenta de que tenía otra cabeza
donde debería estar la cola! Ambas parecían compartir pensamientos porque se
deslizaron en perfecta sincronía para rodearme.
Era gigantesca. Yo no podría haber abarcado el ancho de su cuerpo con
mis brazos; las escamas talladas eran de grandes como la cabeza de un hombre.
Cada una de las cabezas era terrorífica: unas inmensas fauces con poderosos
dientes pétreos; ojos que, pese a ser de piedra inerte, parecían poseer una
cruel chispa, signo de vida. En su cuello aparecían numerosas plumas, como
correspondía a la serpiente emplumada símbolo de Quetzalcóatl. Pero, ¿y esa
segunda cabeza? Me recordaba al viejo cuento de la madre de las hormigas, aunque
a una escala bastante mayor.
Pronto estuvieron tan cerca de mí que me obligaron a reaccionar. Con
velocidad desenvainé mi espada y golpeé con ella trazando un arco, como para
partir por la mitad el cuerpo de la sierpe; la hoja rebotó en las pétreas
escamas. No iba a poder dañarle peleando. Corrí para alejarme de ella, pero
era muy, muy rápida, y pronto la tuve encima otra vez. En mi cabeza centelleó
una idea, quizá la única que podía salvarme. Si no funcionaba no tendría
otra oportunidad.
Corrí hacia una de las cabezas y me puse prácticamente debajo suya, dándole
patadas para llamar su atención. Abrió las fauces y lanzó un mordisco hacia mí;
salté hacia atrás justo a tiempo para ver horrorizado cómo abría en el suelo
un gran agujero. La hice avanzar siguiéndome. ¡Aquello funcionaba! Corrí
hacia la otra cabeza e hice la misma maniobra, y repetí este proceso varias
veces, de tal forma que ambas cabezas estuvieran reptando una frente a la otra,
conmigo en medio. Y cuando ya las tenía muy cerca me quedé quieto. De pie.
Temblando de miedo, sudando, las miraba a las dos acercarse cada vez más rápido.
Las vi abrir la boca y chasquear la lengua. Y saltaron a por mí.
Esperé. Una décima de segundo, dos, tres. Un latido de mi corazón en
la sien, el pulso de la sangre en mis venas. Hasta tenerlas cerca. Tan cerca
que... ¡Ahora! ¡Salta! Y rodé por el suelo, y desde él vi que las dos
cabezas no podían frenar el impulso y se dirigían a un choque inevitable. Recé
porque el golpe las destruyera.
No fue así.
Porque
cuando se tocaron la serpiente se convirtió en un cinturón de luz azul
cegadora; y se unieron y juntaron los dos extremos de la bestia y en su impulso
cerraron el círculo que configuraba su cuerpo, cada vez más pequeño, más
pequeño, hasta ser una forma azul como del tamaño de un puño que voló hasta
mi pecho y entró en él, inundándome de luz. Mi cuerpo quedó lleno de su
brillo; todos mis poros, mis ojos, mi cabello, mi boca, mis dedos irradiaban
aquel hermoso fulgor, que me levantó por el aire. Y escuché una voz lenta,
grave y sumamente hermosa en mi cabeza:
-¿Y
ahora, crees en mí, hijo mío?
La luz comenzó a concentrarse en mi cuerpo hasta desaparecer por
completo; lo que no se marchó fue esa sensación de fuerza y bienestar, de
poder. Me posé lentamente en el suelo. Alcé la vista. La serpiente de piedra
estaba en su lugar en las escaleras, como si nunca se hubiera movido de allí.
Vi a mi madre, sonriendo tras una esquina de la pirámide. La llamé y le
pregunté por qué había tardado tanto en llegar; esto fue lo que me contestó:
-Martín,
¡a los dioses hay que darles tiempo! Necesitabas estar solo para la oración.
Veo que has hablado con Él y te ha cedido su poder sin problemas.
-¿De
qué me hablas? ¡He tenido que luchar contra esa gigantesca serpiente!- exclamé
mientras señalaba al ahora dormido animal de piedra.
-No,
hijo mío. Te llevo observando desde el primer momento. No te has movido de ahí
hasta que una hermosa luz azul te envolvió y te alzó del suelo.
No me molesté en hacer más preguntas. Había tenido suficientes
milagros por un día.
******
Un finísimo
ruido en la selva. “Una serpiente”, dijeron algunos. Y dieron media vuelta,
camino a las tiendas.
-¡Están
ahí!- aullé mientras desenvainaba el arma.- ¡Cuidado!
De entre los árboles salieron hombres aztecas armados. Una oleada tras
otra. Cientos y cientos.
¿Qué habría ocurrido si no me hubiera despertado? Las consecuencias
podrían haber sido trágicas. Contuvimos el ataque y rechazamos el primer
envite, pero pronto se reorganizaron y continuaron la ofensiva.
Una luz se abría paso entre las tinieblas. Un tenue fulgor amarillo
alrededor de un cuerpo, de un rostro. El mío, repetido. Mi supuesto hermano
estaba ahí.
Sin dudarlo me dirigí hacia él. Me sentía inundado de un increíble
valor, de una fuerza sobrehumana. Los hombres que luchaban se apartaron para
abrir el camino entre él y yo. Mis soldados dirían después que yo también
brillaba con una extraña luz azul. Y que ante mi mirada la elección estaba
clara: apartarse o morir.
Él me miró con una sonrisa en los labios.
-Has
conseguido tu herencia, por lo que veo... te voy a arrancar ese rostro que me
pertenece, sucio bastardo- me dijo.
-¡Cállate,
asesino! ¡Te haré pagar por la muerte de mis hombres y de esos cien cristianos
inocentes!- le respondí enfurecido.
-¿A
cuántos de los míos has matado tú, perro? ¿Cuántos han muerto por culpa de
la llegada de tu raza a nuestra tierra? Un reducido grupo de vosotros con tu
padre al mando fue una de las causas de una horrible guerra civil. Y después
vinieron vuestros ejércitos, la destrucción de la sagrada Tenochtitlán, las
muertes de tantos de mis hermanos... ¡Tus manos están manchadas de sangre! ¿A
quién llamas asesino? - bramó, henchido de cólera.
-¡A
ti! ¡Si de mi padre he heredado yo la culpa, también tú llevas las manos
manchadas, hermano! -le repliqué.
-¿Cómo
te atreves a decir que tú y yo somos hermanos? ¿Cómo te atreves?- aulló, y
me lanzó una estocada con su arma.
-¡Lo
somos? ¿Quiénes son tus padres? ¡No los conoces! ¡Tu verdadera madre está
en este campamento y su vida peligra ahora por tu culpa!- decía yo mientras
detenía su golpe.
-¡Mientes!-
aulló y lanzó otro tajo.- ¡Cállate y muere, y así estarán vengadas las
muertes de esos pobres hombres de mi pueblo!
-¡Somos
los dos igual de culpables! ¡No quiero pelear contra ti, detengamos esta estúpida
lucha!
-¡Eres
un cobarde!- y se lanzó a por mí.
Ya
no pude hablarle más; la verdadera lucha había comenzado. Mis hombres me
dijeron después que nunca habían visto a nadie luchar como nosotros: ni
estocadas tan rápidas y certeras como las mías, ni golpes tan salvajes como
los suyos. Las espadas soltaban chispas a cada golpe; no sé cómo no se
partieron. Quizá la misma fuerza divina que nos sostenía cuidara también de
nuestros aceros. Los ojos nos brillaban, ávidos de ver sangre derramada; las
espadas volaban centelleantes, los cuerpos fintaban y amagaban en una lucha tan
equilibrada que podríamos haber estado peleando así durante horas sin
herirnos. Él lanzaba su acero, yo lo esquivaba; con el impulso atacaba yo raudo
y directo a su corazón; bloqueaba él sin problemas e intentaba de nuevo
golpearme.
¡Y
volvió a ocurrirme! En un momento del combate sentí como si saliera de mi
cuerpo y lo viera todo como desde fuera, a veces desde mis ojos y a veces desde
los suyos; volví a confundir nuestras identidades, me sentí de nuevo el líder
azteca, me vi dándome estocadas a mí mismo y no supe ya quién detenía los
golpes, si él o yo.
De repente se detuvo, saltó hacia atrás y miró a sus hombres, que habían
sido vencidos y huían, cargados de heridos y muertos. “Más muertes que
cargar en tus espaldas”, me dijo. “Volveremos a vernos.” Y echó a correr.
Decidí no perseguirlos. Esa noche no. Les habíamos rechazado por muy
poco; mis hombres estaban exhaustos y lo mejor sería descansar. Uno de los
guardias se acercó y me dijo:
-Señor... eh, siento no haber dado aviso de que se
acercaban los rebeldes, pero... ¡le juro que no vi no oí nada! Nada, señor,
¡y estaban tan cerca! ¿Cómo los oísteis vos que estábais dormido,
comendador?- me preguntó.
-Intuición- contesté poco convencido- No te
preocupes, no serás castigado. No ha sido culpa tuya.- Suspiró aliviado y se
marchó. Pedí a los soldados que durmieran tranquilos sin temer otro ataque
esta noche. Me hicieron caso.
Al día siguiente fui vitoreado por las tropas como un héroe. Mi
“sorprendente y salvadora premonición”, como dijo uno de los oficiales, había
evitado una catástrofe. Los ataques se repetirían; aquella guarnición defendía
un puesto estratégico, así que al enemigo le interesaba tomarla. Mandé
construir una empalizada y establecí algunas medidas de seguridad para prevenir
el próximo ataque. Después fui a dar un paseo para aclarar mis ideas.
Mi... hermano tenía parte de razón. Ni éramos nosotros totalmente
buenos ni ellos tan malvados como yo creía. Había tocado algo en mi alma,
incluso derruido parte de mi sistema de creencias, de mi dogmatismo y mi ciega
obediencia. Pero estaba empezando a cuestionarme algunas cosas.
No hay ganadores ni perdedores en la conquista. Sólo odio y egoísmo. Sólo
dos bandos que creen tener la razón, y ninguno de los dos merecía
especialmente ganar o perder. Como mi hermano y yo. ¿Quién es mejor, cuál
debería morir, quién merece la victoria? ¿Quién defiende la justicia y quién
no? ¿Por qué mis intenciones son las buenas? ¿Y si tuviera él razón y el
hombre blanco fuera realmente una plaga aquí? El azteca rebelde pelea por lo
que es suyo, por una tierra que han habitado sus padres y los padres de sus
padres durante siglos: ¿es eso reprochable? ¿Y es justa nuestra intención,
que es sólo ambición y egoísmo? Éramos... somos marionetas, muñecos movidos
por dos dioses olvidados para seguir su eterno juego.
¿Y ahora qué? ¿Qué podía hacer yo? ¿De qué lado ponerme, si en
ambos cometía un error: el de elegir bando? Por más que lo pensaba no había
solución, así que elegí quedarme donde estaba, cumplir con mi deber y detener
a mi... hermano antes de que cumpliera su promesa de destruir todo lo que
pudiera. No sabía si era la mejor opción, si era o no justo, pero al fin y al
cabo era mi deber; no podía ahora traicionar a los míos. Regresé al
campamento y lo preparé todo para marcharme. “¿Dónde vais, señor?” me
preguntó un oficial. “A acabar con todo esto”, le contesté.
Iba a salirle al encuentro a mi hermano. Yo solo. ¿Para qué llevar a
nadie, si su invisible protector los iba a matar a todos? Sólo yo podía
sobrevivir a su guardián. Y sus soldados de a pie no tenían nada que hacer
contra mí ahora. Cogí todas las cosas que iba a necesitar en el viaje y dando
instrucciones precisas para que no hubiera problemas mientras yo no estuviera me
marché.
¿Cómo encontrarle? No lo sabía. Simplemente echaría a andar en la
selva. Supuse que algo me diría hacia dónde caminar. Así lo hice: tomé un
camino cualquiera, al azar, y anduve durante horas sin rumbo fijo. Tan pronto
cambiaba de dirección como me mantenía durante horas en la misma línea recta.
No encontré indicio alguno de que hubiera encontrado el camino correcto, pero
nada me indicaba tampoco que estuviera perdido. Me detuve a descansar un rato;
sentado en el suelo saqué algo de comida. Frente a mí escuché un rugido que
se estaba convirtiendo ya en familiar: el del jaguar. Cogí la espada y me
levanté lentamente; del follaje salieron no una, sino dos bestias, grandes
incluso entre su especie, caminando al compás con tranquilidad hacia mí. Me
preparé para rechazar un ataque suyo. Pero se acercaban más y más sin
prepararse para saltar; ni siquiera había en su mirada el brillo del depredador
hambriento. Caí en la cuenta de lo que estaba pasando cuando se puso una a mi
izquierda y otra a mi derecha, y se quedaron quietas, como esperando.
Volví a colocarme la mochila y envainé el arma. Nada podía pasarme en
la selva con ellas al lado. Entonces echaron a andar, se detuvieron tras unos
pasos y me miraron. Las seguí sin dudarlo más; evidentemente habían sido
enviadas para guiarme hasta mi... hermano. Caminé a su lado durante casi dos días;
por la noche velaban mi sueño, y yo dormía confiado pensando que me quería
vivo para poder matarme con sus propias manos. Al fin encontré un camino
abierto en la selva; debía estar muy transitado, pues la maleza cierra los
senderos en muy poco tiempo si no se cuidan día a día. A lo lejos podía ver
el relumbrar de algunas hogueras, signo inequívoco de vida humana. Allí
estaban.
Allí están, y aquí estoy yo, recorriendo este camino que me lleva
directamente a la guarida de mi hermano. Ya no hay vuelta atrás: sea quien sea
el justo y el réprobo, mi deber es matarle, y el suyo matarme a mí, y ninguno
de los dos cejará en su empeño. No hay otra solución, y si la hay yo no la
conozco. Los jaguares que me guían caminan tranquilos. Las hojas de los árboles
se ven mecidas por una suave brisa. Es de noche, la luna creciente está desde
hace rato en el cielo. La selva está tranquila. Yo también. No tengo miedo, sólo
la vaga sensación de tener la muerte muy cerca, pero no me importa. Al menos
moriré con honor.
Ya veo claramente la empalizada de madera que delimita el poblado en que
se refugia mi hermano. Veo las grandes puertas, y tras ellas algunos edificios
de mayor altura sobresalen lo suficiente para que pueda ver sus tejados de negra
piedra. Llego a la entrada. Las puertas se abren ante mí.
Un largo pasillo de gente expectante. Tambores sonando al compás de mi
corazón. Sólo oigo mis propios latidos, retumbando en mi cabeza. Hombres que
me miran. Fuego, hogueras bailando sobre pedestales de piedra como lascivas
danzarinas. Al final del pasillo, dándome la espalda, él. Hay un hombre atado
a un altar, que le mira con éxtasis fanático. Mi hermano levanta su cuchillo pétreo
y abre el pecho del pobre loco que se deja matar por su líder, por su dios.
Suelta el arma ritual y arranca el corazón del hombre y lo ofrece al cielo
oscuro. Camino hacia él con tranquilidad, no me preocupa que invoque a su dios,
¿qué más da, si ya lo lleva dentro?
Yo tampoco estoy solo. Me doy cuenta de que mis manos y mi cuerpo entero
brillan con el fulgor azul que me acompaña desde mi imaginada lucha con la
serpiente de piedra. Desenvaino la espada sin dejar de andar. Ya estoy muy
cerca. Ahora él también brilla, también saca su arma y se gira hacia mí, me
mira y sonríe. Recorro los pocos metros que nos separan y me planto ante él.
-Ya estoy aquí, hermano. ¿Estás seguro de que esto
es lo que quieres?- le pregunto.
-¡Te he dicho que no me llames hermano!- me
responde. Y empezamos a pelear.
Su acero traza un arco implacable hacia mi cuello, pero salto a un lado
para evitarlo. Trato de encontrar su hombro con la punta de mi espada; desvía
mi arma sin problemas. Otro espadazo, otra finta, más esquivas y bloqueos
durante minutos que son siglos sin rozarnos siquiera. Yo intento golpearme con
el pomo de mi espada; yo me agacho para evitarme y me lanzo a la carga con la
cabeza por delante. Me doy en el estómago, ruedo conmigo por tierra, suelto el
arma, suelto el arma, me sujeto de espaldas al suelo, me doy un puñetazo en la
barbilla y una patada en el pecho que me lanza lejos de mí. Me levanto y cojo
mi espada, corro hacia mí para rematarme, ¡ahora, estoy en el suelo, es el
momento! Busco el arma con la mano, no hay tiempo que perder, casi está encima
mía, ¡levanta su acero, baja hacia mí! Ruedo por el suelo; fallo el golpe; me
levanto, encuentro mi espada y me miro con ferocidad. Estoy muy quieto, mirándome,
buscando el momento exacto para matarme.
Escucho una voz: Los hombres ya han
peleado. Ahora les toca a los dioses.
Sigo luchando. Siento una fuerte presencia sobre mi
cabeza. Una luz, veo una luz cegadora y ya no veo nada más. Ahora sólo siento,
sólo sé que ocurren cosas.
Sé que no he dejado de pelear
con ese yo que es él, y aún no sé quién es él ni quién soy yo. Mi espada (¿de
quién es ese arma?) choca con la suya (¿de quién es esa otra?).
Sé que hay un jaguar y una
serpiente, que son tan grandes como todo y tan pequeñas como nada, que están
en todos los lugares y son el mundo. Sé que
el jaguar es astuto y la serpiente es valiente. Él es amarillo y negro, sus
ojos son como dos luceros reflejados en un charco de agua oscura, como dos
pedazos robados a la noche. Ella es azul y verde, hermosa y grande: sus ojos son
casi humanos, en su cuello hay bellas plumas con todos los colores que existen y
todos los colores que no existen. Se miran con odio, se conocen como viejos
enemigos. El Jaguar se agacha, tensa los músculos y salta; muerde a la
sorprendida Serpiente Emplumada en la cola. Ella chilla y se enrosca alrededor
del felino. Agarra sus patas entre sus anillos. El Jaguar intenta liberarse,
ruge impotente y cae. Ella se posa en su cuello lentamente, saboreando el
momento. Se coloca alrededor suya. Y empieza a apretar. Más y más. El Jaguar
no puede respirar, gime, gruñe con el poco aire que le queda. Su cuello está a
punto de estallar. La Serpiente le susurra al oído: Esta vez he ganado yo.
Se
escucha un fuerte crujido.
En otro lugar (¿o es el mismo?) un filo de acero
encuentra piel, y tras la piel músculo, y tras el músculo huesos, y después más
músculos y piel; y atraviesa piel, músculo y hueso, y aparece manchada de
sangre y gloria al otro lado. Un hombre cae al suelo, otro hinca la rodilla en
tierra; y ya no sé si soy yo el que ha muerto o el que ha vencido.
Vuelvo a mí. Mi hermano está muerto. Clavé mi espada en él hasta el
puño. Cayó sin gemir, sin pedir auxilio, sin decir nada. Miro al cielo; no sé
si son imaginaciones mías, pero por un momento creo ver movimiento y figuras en
las estrellas: como una serpiente, arrastrándose y dejando una forma inerte, la
de un jaguar, tras de sí. Hemos vencido.
Esa luz azul de mi interior se ha marchado. Se fue cuando maté a mi
enemigo, cuando en mi mente o en el lugar que fuera la Serpiente Emplumada venció
al Jaguar.
Se acabó. Al fin.
EPÍLOGO
Recuerdo
que me levanté y me fui sin que nadie me detuviera ni tratara de matarme.
Aquellos aztecas, que habían depositado todas sus esperanzas en un líder que
había de liberarles, se vieron sin ninguna posibilidad ante aquel claro signo
de los dioses. Habían visto en el cielo la lucha entre la Serpiente y el
Jaguar, dibujados ambos en las estrellas, y en la tierra el combate entre sus
dos siervos: tanto su líder como su dios fueron derrotados. No tenían nada que
hacer.
Anduve como hipnotizado durante días, hasta que llegué sabe Dios cómo
al campamento. Allí caí en redondo y estuve en cama, con fiebre y delirios,
por más de una semana. Después me levanté como nuevo. Mis hombres me
preguntaron qué había ocurrido: les expliqué que me había enfrentado al jefe
enemigo y había vencido. La revolución se vendría pronto abajo.
Así fue. No tuvimos problemas para liberar los lugares tomados por los
rebeldes; encontramos los lugares donde se ocultaban, ejecutamos a sus jefes
para dar ejemplo y dimos el asunto por terminado. Sólo le conté lo ocurrido a
mi madre; juntos lloramos la muerte de mi hermano, de su hijo, que había sido
inevitable.
Si me preguntaran exactamente cómo fue esta revolución me sería
imposible contarla ocultando aquellas cosas que son claras herejías: mencionar
la intervención de Quetzalcoatl y Tezcatlipoca (sean dioses, ángeles, demonios
o Dios sabe qué) me apartaría de mi cargo de Comendador y me llevaría
probablemente a los tribunales inquisitoriales, y de ahí a la hoguera. Así que
he decidido que nadie sabrá de esta revolución; me encargaré personalmente de
que nadie cuya palabra pueda ser tomada en serio hable de esto. No, no mataré a
nadie, pero el dinero y las concesiones pueden mantener cerradas muchas bocas.
Nadie en Castilla sabrá que hubo una vez una revolución aquí, que fue
promovida por un bastardo de Hernán Cortés y sofocada por su hermano, con
ayuda de un dios pagano. El rey no lo sabrá nunca. No pasará a la Historia, lo
ocultaré como sea.
Sólo lo escribo aquí, para que algún día, cuando ya lleve mucho
tiempo muerto, sea encontrado por un anónimo y desconocido lector que no crea
nada de esta historia. Pensará que es la invención de un loco, una herejía,
una blasfemia; no entenderá el secreto que habita en la jungla, no sabrá nunca
que los viejos dioses, aunque vencidos por la Gloria de Nuestro Señor
Jesucristo, siguen ahí expectantes. Pero al menos servirá para revivir mi
nombre, al que, ocultando esta historia, yo mismo le niego la gloria de la
inmortalidad.
Se acabó. Ésta es la memoria de mis pecados, mis errores y mis
aciertos. Que Dios me perdone.
ANEXO
Este relato no tiene intención didáctica ni es novela histórica; estas son las únicas referencias tomadas de la realidad: Martín Cortés, hijo de Hernán Cortés y la mujer azteca Malitzin (también llamada Malinche; tomó el nombre cristiano de Doña Marina) fue caballero de Santiago, y nombrado Comendador de su Orden en Nueva España en el año 1550 por el Gran Maestre de la Orden de Santiago, el Rey de Castilla (por esa época, Carlos I). No hay que confundirlo con su hermanastro del mismo nombre, Martín Cortés, que fue hijo legítimo de Hernán y su segunda esposa Juana, viuda del conde Aguilar, y heredó el título de Marqués del Valle (es decir, de México). Para redondear este árbol genealógico, Malitzin se casaría más tarde con otro de los conquistadores, Juan de Xaramillo.
No hay más referencias históricas en este trabajo: que se sepa no hubo
ninguna rebelión de importancia por aquella época en Nueva España,
ni existió un hermano gemelo de Martín Cortés (el Comendador).
De siempre he sido amante de la mitología de las civilizaciones
precolombinas; por ello elegí el mito de Quetzalcóatl y Tezcatlipoca como eje
central de esta historia. Sobre estos dos dioses ya da Martín una somera
explicación en la pág. 3; le faltan por decir algunos detalles. Quetzalcóatl
era también dios de la agricultura y las artes; su color era el blanco (los
colores negro, azul, rojo y blanco simbolizan los puntos cardinales; son el
norte, el sur, el oeste y el este respectivamente). Tezcatlipoca también era
patrón de hechiceros y ladrones, y su color era el negro. Se dice que los
aztecas tomaron a Hernán Cortés por Quetzalcoátl, si bien hay otra versión
que menciona que fueron tomados por dioses del trueno y el rayo (por la pólvora).
La leyenda del enfrentamiento entre Quetzacóatl y Tezcatlipoca (que
realmente es maya, pues estos dos dioses son comunes en las dos mitologías,
aunque implica a los aztecas) es, a grandes rasgos, la siguiente: Quetzalcóatl,
venido de Oriente, reinó durante largos años de paz y prosperidad para el
pueblo maya. Tenía “la prudencia de la serpiente y la hermosura del quétzal
de brillantes plumas”. Un día llegó Tezcatlipoca, ser misterioso y maligno
que ambicionaba su poder sobre las tribus. Él, que podía andar por tierra y
por aire, se descolgó sobre la ciudad por un hilo de arena. Disfrazado de
hechicero, Tezcatlipoca entró en la corte y ofreció un brebaje a Quetzalcóatl,
prometiéndole que le otorgaría vida eterna (aquí se percibe claramente esa
confusión entre rey humano-dios que rodea a Quetzalcóatl a lo largo de todas
estas leyendas). Confiado y deseoso de vivir para siempre con su pueblo, bebió
el líquido y envejeció de repente. Una serie de catástrofes asolarían la
ciudad; Quetzalcóatl, acompañado de algunos amigos, emprendió un largo viaje
de regreso a su tierra natal. Esta parte de la leyenda está plagada de símbolos
y metáforas. Tuvo que dejar atrás a sus amigos; al fin, cansado de andar, se
detuvo en Cholula y di origen al Imperio Azteca ayudando a los indígenas con
sus conocimientos. Tras largo tiempo de estancia allí se marchó de nuevo,
prometiendo a los aztecas que no se iba para siempre: algún día regresaría
para vivir definitivamente con su pueblo. Fabricó una barca de serpientes
trenzadas y se marchó sobre ella, rumbo a cualquier parte.
Otro ser legendario, mencionado por Martín en la pág. 10, es la llamada
“madre de las hormigas”; en algunas zonas de América se llama así a una
serpiente de dos cabezas, también llamada “doble andadora”, que es
alimentada por las hormigas. Supe de este ser gracias al libro de J. L. Borges
Libro de los seres imaginarios.
El jaguar tiene un papel protagonista en este relato. A continuación
ofrezco, a título de curiosidad, algunas notas biológicas sobre este gran
depredador:
El nombre jaguar (o yaguar) viene de
la voz tupí-guaraní yaguará. El
jaguar es un mamífero carnívoro, de la familia de los félidos, de hasta dos
metros de longitud; la cola del animal mide unos sesenta centímetros
aproximadamente. Los jaguares son los carnívoros de mayor tamaño de América.
Su piel tiene un color leonado con manchas negras; en líneas generales se
parecen a los leopardos, pero son más macizos. Existen diversas formas,
diferenciadas por el pelaje. Se alimentan de caza, peces e incluso tortugas.
Viven en América, desde California hasta Patagonia. Eran el símbolo del dios
Tezcatlipoca, pues se decía que su piel se asemejaba al cielo estrellado del
que el dios era señor.