JUEGO DE CORAZONES

 

As de corazones

 

Él se acercó a la chica con pasos suaves y sonrisa prometedora. Le puso las manos sobre los hombros y le besó en el cuello; ella contestó con un suave ronroneo, y se preguntó cómo había conseguido que un hombre así la amara. Él la abrazó con fuerza, la besó en los labios, y se dijo que alguien como él no se merecía una chica como ella. La pálida tranquilidad de la habitación acompañó el momento cuando él la tomó de la mano en dirección a la cama.  

            Allí, con suma delicadeza, la desvistió. Ella se dejaba hacer; se dejaba besar y acariciar, y recorrer, y trazar; él la amó con ternura y pasión. Al fin se durmió plácidamente a su lado. Se levantó de la cama con calma y abrió el cajón de la mesita de noche.

-Cariño, tengo algo para ti. – le dijo mientras la sacudía suavemente para despertarla. Ella abrió los ojos desperezándose como una gatita y se abrazó a él ilusionada.

-¿Qué es, qué es? ¡Enséñamelo!

 

El cuchillo se hundió en ella como en la tierra, deshaciéndola; una rosa de sangre nació en su pecho y fue a morir a la blancura eterna de las sábanas.

 

Pareja de corazones

 

            La chica alisó su vestido y se bajó aún más el escote. Revisó y repasó su maquillaje con coquetería. Se enamoró de sí misma desde el espejo; tomó de nuevo su copa con delicadeza, y sacó un cigarrillo del bolso. Lista para conquistar. Recorrió el bar con la vista hasta encontrar la presa que ya había elegido cuidadosamente. Hermosa hasta el delirio, se acercó a él con un suave contoneo y le preguntó al oído:

-Perdona... ¿tienes fuego?

 

Más cadencia de la cuenta en las palabras; más ronca pasión impresa en ellas; la promesa que ocultaban quedó clara.

 

-No, no tengo fuego... Pero puedo hacerte arder si quieres. – le contestó él con voz algo nublada y acompañó las palabras con el gesto: la tomó por la cintura, la pegó a sí y comenzó a bailar con ella. Pocos minutos después, la cazadora cazada se había abandonado por completo a las caderas de la supuesta presa. Tres copas y mil cigarros más tarde estaban entrando en el sucio cuarto de baño del bar, ella borracha e hipnotizada por los ojos de él. Allí, en un diminuto cubículo, se empezaron a besar. Rápidamente la liberó del vestido y la amó como un salvaje.

-¿Te ha gustado? – le dijo con temblor alcohólico en la voz.

-Ha sido genial... – susurraba ella, sentada sobre sus rodillas en la taza del váter, como alucinada.

-¿Estás segura? – contestó con la voz repentinamente clara.

 

Iba tan borracha que cuando el filo la rompió en mil pedazos se abandonó en manos del amante. Como si aquello fuera parte del erótico rito de los sábados por la noche.

 

 Dobles parejas

 

Esperaba impaciente desde la cocina. Miraba nerviosa a través de las cortinas azul celeste, esperándole venir a él, su amante secreto. Que no llegara tarde, que no llegara tarde; el marido siempre era puntual y ambos no podían encontrarse.

 

            Cuando él cruzó el portal mirando a ambos lados sintió que el corazón se le salía por la boca. Lo abrazó con fuerza en cuanto atravesó el umbral; casi se lanzó a sus pies. Le había echado tanto de menos... Una semana, una semana; el tiempo que su marido había tardado en recibir otro encargo en otra ciudad. Aunque llegaría al atardecer, tenían unas pocas horas para disfrutar del amor.

            Bebieron juntos una botella de vino; con besos rosados él empezó a abrirse paso entre sus labios. La acarició con manos de fuego; la ropa había dejado de ser un obstáculo hacía rato. Se abandonaron al placer y la lujuria durante horas. Cercano el momento de la despedida, ella se agarró llorando a sus piernas.

-Te lo suplico, quédate, quédate... Para siempre, quédate...

-¿Quieres que me quede? – preguntó él con voz suave.

-¡Sí! – contestó ella esperanzada.

-Como quieras.

 

Fue un relámpago metálico y la rasgó como si fueran meras nubes, niebla. Se escucharon un suspiro ensangrentado y palabras de amor moribundo.

 

Trío de corazones

 

El nuevo compañero de trabajo era tan guapo... Tan cortés, tan caballeroso, tan poeta, tan... ¿Quién podía resistirse a él? Las tenía a todas rendidas, pero sólo ella parecía caerle en gracia. Aquella noche, al cierre, se atrancó el engranaje de la puerta metálica.

-¿Puedo ayudarte? – escuchó la conocida voz al oído. Tan seductor...

-Sí, por favor. – tartamudeó la muchacha. De un tirón cerró él la puerta y le puso el candado.

-Hace frío y tu casa queda lejos... ¿Me permitirás llevarte en mi coche? – preguntó de nuevo él suavemente. Ella comprendió al instante y se reprimió para que no iluminara su rostro la alegría. Quiso parecer casi indiferente; quiso no llevar ese horrible uniforme y ser más alta, más guapa, más... Con oculta ilusión se subió al hermoso Sedán negro, acariciando la tapicería de cuero. La carretera les llevó, Gardel en la radio, a un bosquecillo perdido. Allí él empezó a abrazarla: le dijo que la amaba desde que la vio, que la quería como no había querido a nadie, que nunca jamás podría olvidarla. Ella lo escuchaba todo embelesada e incrédula. Se dejó hacer: él la desnudó lentamente y la deshizo a besos.

-Te quiero. – le dijo la muchacha cuando todo hubo acabado.

-Y yo a ti. – contestó él.

 

El filo se llevó por delante también la tapicería del Sedán negro, segando del cuerpecito desmadejado algo más que la vida.

 

Ful de corazones

 

            La periodista tecleaba nerviosamente en su ordenador. Esperaba esa llamada que no se había producido en todo el día. Estaba en juego su carrera. El teléfono sonó de repente y ella se apresuró en descolgarlo.

“¿Hola?” Su voz sonaba casi nerviosa.

“Ya sabes quién soy. Estoy dispuesto a decirte dónde está aquél que buscas.” Y aquélla era... Suave. Seductora.

“¿Dónde nos veremos?”

“¿Te parece en un buen restaurante? Apunta la dirección y la mesa en que estaré... Allí nos veremos, mañana a las once.” Y colgó.

 

Se puso un vestido ceñido y seductor, pero precavido. Se sorprendió a sí misma deseando parecer lo bastante atractiva. El restaurante era de un lujo y refinamiento exquisitos. Encontró rápido la mesa de aquella voz...

            La cena fue deliciosa, y él tan educado, tan simpático, tan atractivo, tan... Ni tocaron el tema en toda la noche. Una vez intentó ella acercarse, pero él atajó con un gesto y un: “Todo a su tiempo”. Alegre por el vino y casi sin darse cuenta de lo que hacía, subió al coche de su atractivo confidente para ir a su casa, “donde hablar con tranquilidad”.

            Se empezaron a besar en el ascensor. Al llegar a la puerta de la casa apenas quedaba ropa entre los dos cuerpos. El amante perfecto, no dejó de pensar ella en toda la noche. Simplemente perfecto. Llegado el amanecer y despejada la cabeza, recordó por qué había llegado hasta ese punto.

-¿Me dirás ahora dónde está él? – le preguntó entre beso y beso.

-¿Quieres saberlo? – la detuvo.

-Sí.

-Mírame a los ojos.

 

El grito fue apagado por un beso asesino, y el cuchillo se encargó de dejar de ella tan sólo un recuerdo rojo sangre.

 

Póker de corazones

 

Ella comprobó que el cargador de la pistola estaba completo. La colocó en su cintura, y guardó otra más, escondida en un bolsillo interno de la chaqueta. Además se guardó una navaja en el pantalón. “Para ser buen policía hay que ser precavida” se repitió.

Salió, como siempre dispuesta a atraparle. Tenía un chivatazo, y uno muy bueno. Encontró al tipo de espaldas hablando con una puta; le persiguió por toda la ciudad a la carrera, hasta que al fin le perdió entre callejones oscuros y contenedores de basura. Una vez más. Ni pudo verle la cara. Llegó a casa derrengada. Allí le esperaba su nuevo novio, recién mudado para vivir con ella. Estaba sentado en el sofá, jadeando.

-¿Te pasa algo? – le preguntó al entrar.

-Nada... estuve haciendo algo de ejercicio. – contestó, con esa voz suya tan tierna, tan dulce, tan... Le abrazó y empezaron a besarse con ternura. La gata se metió bajo el montón de ropa que se acababan de quitar.

 

-Maldita sea. Se me ha vuelto a escapar otra vez. – suspiró tumbada a su lado.

-¿Realmente darías cualquier cosa por poder cogerle? – le preguntó suavemente.

-Sí. Lo daría todo.

-Dámelo todo, entonces.

 

Y todo se lo arrebató el cuchillo entonces, desdibujándola casi con amor. La gata dormía tras la puerta cerrada del dormitorio.

 

Escalera de color

 

La silla eléctrica estaba ahí. Casi azul. Casi hermosa. El blanco de la habitación dañaba los ojos; los cristales eran gafas crueles para ver mejor el espectáculo. El hombre se sentó con una sonrisa en los labios y ayudó a los guardianes a colocar las correas que ciñeron muñecas y cabeza. Un periodista informaba desde su micro al público:

-Al fin se detuvo al asesino en serie conocido como Casanova. El hombre fue detenido en su casa, donde guardaba los corazones de las mujeres a las que había asesinado. Se entregó sin ofrecer resistencia, y en el juicio reconoció sin tapujos su total culpabilidad en los crímenes que se le imputan; incluso demostró haber cometido dos asesinatos más que los que se conocían. Como recordarán, Casanova fue atrapado gracias a los errores que cometió con su última víctima, una agente de policía; llegó incluso a vivir con ella para poder ganarse su confianza y así matarla. Los datos que la mujer tenía sobre él sirvieron para cazarle. No ofreció ninguna resistencia en el momento de su detención: al entrar la policía armada en su casa, soltó la copa de whisky y el libro que estaba leyendo, apagó el compacto de tangos de Gardel que sonaba en la cadena de música y “acompañó a la salida” a los policías con una sonrisa. En la puerta fue esposado y metido en un coche, sin que la policía encontrara la más mínima objeción por su parte. También les hemos informado puntualmente de su método de operación: seducía una mujer, hacía el amor con ella y después la acuchillaba, dejando en el lugar del crimen cartas de póker, concretamente de corazones. Con ellas iba formando las conocidas combinaciones del famoso juego (parejas, dobles parejas...). Todo indica que en su retorcida mente Casanova componía una macabra partida de cartas contra nadie sabe quién. Afortunadamente ha sido atrapado antes de cometer ningún nuevo crímen. Antes de devolver la conexión, veamos los últimos minutos de Casanova...

 

El cura se marchó al negarse el hombre a recibir los últimos sacramentos. El alguacil, antes de darle a la palanca final, preguntó:

-¿Desea decir algo antes de...?

-Sí – contestó sin dudar.

-Hágalo entonces.- el hombre sonrió ampliamente, y tras mirar los rostros de todo el mundo contestó:

-¡Órdago!

 

La palanca bajó, pero el dolor no borró sino acentuó la mueca alegre de su cara. Se llevó la sonrisa y el secreto al otro mundo.