EGO TE ABSOLVO
Silencio.
Aire
viciado, olor a quemado, luz rancia. Una iglesia. Un rincón, la caja de madera
semiescondida de un confesionario. El lúgubre temblor del pábilo inflamado de
las velas. La gruesa rejilla que separa el perdón del pecado. El Cristo, cuya
implacable mirada cae desde lo alto. El infierno reflejado en tapices.
Silencio que queda roto por unos sollozos.
-¡Padre,
padre, por Dios que necesito ayuda! ¡Acabo...! ¡Dios mío, Dios mío! –
balbuceaba entre lágrimas un hombre delgado, roto sobre el duro banco del
confesionario. - ¡Padre por Dios diga algo...!
Silencio.
Podía
ver la figura del sacerdote recostada tras la rejilla, dentro de la oscuridad
insondable del confesionario. La pequeña ventanita de la rejilla estaba cerrada
y no permitía ver el rostro del párroco. Pero podía oír su respiración
calmada, lenta y grave. Sabía que le estaba escuchando. Así que empezó a
hablar.
-Padre,
yo no soy un asesino, yo soy un buen hombre, se lo juro por Dios, padre, de
verdad. – besó una cruz que llevaba al cuello, miró al Crucificado en la
pared. Los mismos ojos vacíos, crueles e inmisericordes. Se estremeció y
continuó hablando.
-Le
juro por lo más sagrado que yo no quería. Mire mis manos, no son las manos de
un criminal, son las de un pobre trabajador, un hombre pobre que tiene que
trabajar de sol a sol para llevar de comer a su casa, para que su mujer coma. Mírelas,
padre, ¡mírelas!- gritaba, sacudiéndolas ante la rejilla. Gruesos dedos,
manchados de sangre.
Sangre.
Todo
él estaba cubierto de sangre. La camisa, acartonada y seca, los pantalones, los
brazos, las manos, los zapatos, incluso el pelo. Bañado. Sangre... Miró el
sagrario. Allí también había sangre. En una copa. Siempre llena, rebosante. Y
el Cristo. Él también tenía sangre. Caía por su frente, por sus manos, por
sus pies, por su costado, por todas partes, sangre, sangre por todas partes.
-No,
yo no quería... Y no había bebido, padre, ¡le juro que no había bebido nada!
Estoy sobrio, estoy seco, ¡yo no soy un borracho! Sólo una copa, padre, no más.
Después del trabajo... ¡Una copa sólo, una copa no le hace mal a nadie!
Una copa. En el sagrario había una copa. Una muy bonita. Dorada, grande.
Pero no contenía vino, no. Estaba llena de sangre. Sangre...
-Tomé
sólo una, por Dios que sí, sólo una. Me levanté y me fui a mi casa... Una
vieja me increpó por la calle, ¡hueles a vino! dijo, ¡maldito sea el alcohol
que te pierde! gritó, vieja puta,
no sabe lo que se dice, ¡yo no soy un borracho!
Levantó la frente y repasó la iglesia con la vista. Le había parecido
sentir algo extraño. La luz era de colores fúnebres. El tambaleo de las velas
se reflejaba en las cristaleras. Azul, morado, negro, rojo, rojo sangre, ¿sangre?
No es sangre, es vino. Lo que hay en la copa es vino, recuerda, no es sangre, sólo
vino. La luz tiembla... tiene colores oscuros, sí, fúnebres, huele a muerto
aquí, debe de ser el incienso, ¿dónde está el maldito incienso? Los ojos
extraviados por la sala, esquivando bancos y cruces y cuadros, no encuentran la
fuente del hipnótico olor, del suave humo. Un rayo de luna se atreve a cruzar
una ventana. La respiración. El sacerdote inspira y espira en un pausado compás.
Inalterable. Como el eco del reloj. Como el recuerdo del grave tañido de las
campanas. ¿Qué escucha? Si supiera interpretar el sonido, sabría que están
tocando a muerto.
-Me
fui a mi casa como todos los días, padre, a comer, ¿o es que no tiene derecho
un pobre hombre al pan después del trabajo? Subí a mi casa, sí, casi me caigo
por las escaleras. ¡Maldito gato del vecino! Yo iba sobrio, padre, pero se me
cruzó entre las piernas, por Dios que casi me mato, ¡podían tenerlo en casa!
–rugió enfurecido. Y de repente rompió a llorar. -¡Ojalá me hubiera
matado, padre, rodado escaleras abajo, se me hubiera abierto la cabeza, ojalá
estuviera yo frío y no hubiera cruzado la puerta de mi casa!
Como un niño, roto por el llanto, doblado sobre sí mismo. Lágrimas
amargas que refrescaban sus mejillas. Calor, hace calor aquí. Todo cerrado, las
velas, hace calor. Deja de llorar, gotas de sudor frío ruedan por su frente y
su cara. Un escalofrío azul eléctrico en la columna. Las manos se crispan y
abre la boca.
-Padre,
diga algo. Por Dios bendito, padre, diga algo – balbucea, se atropella el
hombre. El silencio. Opresivo. Ominoso. Un rayo de luna se escapa furtivo. El
aire es tan pesado que le carga los hombros.
¿Qué había en el sagrario? La sangre, el vino. Y el cuerpo. El cuerpo de Cristo, ¡te está mirando, desde la cruz! Él también fue víctima. ¿Hay un cadáver ahí en el sagrario? No. Nadie muerto. Sólo pan. Nadie, nadie, sólo pan, sólo vino, ¡pero Él murió, Él también! Huye de su mirada, tiembla bajo ella, se espanta, se retuerce el hombre. Le recuerda a la otra víctima, el otro cuerpo, la otra sangre. Ésos no eran pan y vino. ¿O sí lo eran? ¿Podían serlo? ¿Sólo una repetición del antiguo drama? ¡No! ¡La mirada, la mirada! ¡Pan y vino! ¡Pero Él ahí arriba no es ya víctima sino juez! ¡Condena, condena, espinas y cruz y sangre para el hombre!
Malditos
ventanales. Un rayo de luna atravesaba la cristalera proyectando sobre él una
sombra, la de la cruz. Cerró los ojos con fuerza, apretando los puños contra
su cara. ¡No, no! Separó las manos del rostro y la vio en un rincón. Se acercó
muy despacio, temblando de terror.
-¡No...!
¡Tú no puedes estar aquí...! ¡Tú estás...! – alargó los dedos para
tocarla y fue como si ella explotara, todo se hizo añicos y sangre. - ¡No, no!
¡Esta vez no la he tocado! ¡No la he roto yo! – la mujer estallaba en
pedazos una y otra vez, manchándolo de sangre, y escuchaba el llanto, sentía
el dolor, el miedo, la iglesia giraba alrededor suya, todo el mundo giraba y le
miraba y le acusaba y entonces los dedos la tocaron y era sólo una estatua de
la Virgen, y seguía ahí y no se había roto. Se relajó un poco. Sólo lo
suficiente para que su corazón no estallara. Volvió al confesionario y siguió
hablando.
-Padre,
crucé la puerta de mi casa sin malas intenciones, se lo juro. Yo no soy
un hombre violento, padre, soy incapaz de hacerle daño a una mosca. Pero estaba
muy enfadado por lo del gato, casi me abro la cabeza, y ella estaba allí tan
sonriente... – miró de nuevo la estatuilla de la Virgen. Tenía las manos
alzadas, como dispuesta a dar un abrazo, y una sonrisa beatífica en la cara.
Como la de ella. - ...Tan sonriente, no sé qué pasaba, mis hijos no estaban
allí. ¿Los niños dónde están?, se han ido, ¿A dónde?, eso nunca lo sabrás,
me dijo. Nunca más podrás hacerles daño dijo, la muy estúpida. Yo no sé de
qué estaba hablando, nunca le he tocado un pelo a mis hijos, padre. Tengo dos
hijos preciosos, uno de año y medio y otro con seis meses, padre, lindos y
rollizos como ese niño Jesús. – señaló un retablo, lo miró, sí que se
parecía a sus hijos.
El retablo era muy hermoso. En la primera imagen padre y madre llegan al
establo. En la segunda vienen los magos. En la tercera... En la tercera los niños
son pasados a cuchillo. Más sangre. ¿Por qué toda la iglesia está tinta de
sangre? Se levanta otra vez y toca la pintura. ¿Hay muertos por todas partes?
¡Yo soy un muerto! ¡Yo estoy muerto, sí, y esto no es cierto, sí, así es!,
ríe y delira, cae de rodillas llorando, se arrastra hasta el confesionario y
sigue hablando:
-Padre,
para mí no puede haber perdón, me estoy volviendo loco. La veo por todas
partes, padre, y también veo sangre por todos lados, incluso aquí, usted debe
tener también las manos manchadas de sangre. ¿Me ayudará, padre? Prométame
que va a ayudarme, ¡hágalo, es su deber! – grita, agarra las esquinas del
confesionario y lo sacude - ¡Le he dicho que lo haga! – se tranquiliza, abre
las manos – Lo siento, padre, yo no soy así, de verdad.
Mira el techo de la iglesia, donde hay pintadas escenas del Paraíso. Muy
alto, piensa, está demasiado lejos, y están tan cerca el suelo y el infierno.
¿Todos están tan cerca del suelo como yo, o soy el único que está más abajo
que los demás? ¡Demasiado cerca del fuego! ¡Demasiado del dolor! ¡Demasiado!
Se abraza a sus piernas, tiembla el hombre.
-Padre, tengo miedo. No sé de qué, esto es sólo una iglesia, pero
tengo miedo. No debería. Los hombres buenos no tienen por qué tener miedo, ¿verdad?
Yo soy un buen hombre. Yo nunca... – murmura y se detiene. – Me dijo que se
había llevado a mis hijos. ¿Cómo pudo hacerme eso? A mí, que les llevaba de
comer, que tanto les amaba, padre, ¿cómo pudo? ¡Y me dijo que ella también
se marchaba! Que nunca más volvería a verla. Nunca más, que era un borracho,
¡yo, un borracho!, que estaba harta de aguantarme y que no volvería a recibir
más golpes ni de mí ni de nadie. ¡Golpes! ¡Yo no le he pegado nunca, padre!
Que había tardado en decidirlo porque me tenía miedo, ¡miedo!, ¿miedo de qué?,
pero había tomado valor, que me iba a denunciar por maltrato, ¡denunciarme a mí,
su marido, que tanto la quiero, padre, a mí! ¡Que me odiaba, me dijo! ¿Cómo
pudo? ¿Cómo pudo? ¿Cómo se atrevió?
– brama, se levanta, tumba un banco de una patada. - ¡Pero se atrevió! ¡Desagradecida!
¡Yo, que tanto he hecho por ella! – grita enfurecido, da un puñetazo en la
pared. Se detiene. Escucha el eco de sus golpes. Arrepentido, se relaja y sigue
hablando.- No podía dejarla ir... la abracé, me eché a llorar, le dije cuánto
la quería, cuánto la quiero. Le pedí que se quedara conmigo, que no podría
vivir sin ella. Le prometí que no volvería a hacerlo. Yo... padre no me hizo
caso. Estaba empeñada, padre. Se soltó de mi, me pidió que la dejara, dijo
que ya era demasiado tarde. Me lancé a sus pies y gritó que ya no había otra
salida. Me levanté y la miré, llorando, no podía, no podía dejarla ir, no
podía vivir sin ella. Pero me ignoró, ¡desalmada!, me dio la espalda para
marcharse. ¡Maldita mil veces! ¡Maldita!- el eco volvió a sus oídos y ya no
sabía si su propia maldición no le estaría alcanzando a él.
Estaba furioso. Agarró la rejilla con fuerza, masculló entre dientes:
- Y yo no podía dejarla ir. ¡No podía!. Me dio la espalda, grité, la golpeé
en la cabeza y ella cayó al suelo desmadejada, sangrando. ¡Sangre!. ¡Sangre
por todas partes! Le lancé todo lo que caía en mis manos, le di mil patadas,
estaba hecha un ovillo, no dejaba de gritar y llorar y sangrar. ¡No podía
dejarla, no podía, era mía! ¡Era mía!-, se levanta, brama, se aprieta contra
la rejilla del confesionario. No sé en qué momento ni de donde cogí el
cuchillo. Pero lo tenía en las manos. Y yo... – se derrumba. Solloza,
balbucea -, - la hice jirones, padre, la destrocé como si fuera una muñeca, añicos,
sangre, ¡había sangre por todas partes!. ¡Yo no quería, padre, yo la quería
demasiado para dejarla ir!, ¡Yo soy un hombre bueno, se lo juro por Dios!. Yo
estaba bañado en sangre hasta los codos y las rodillas, y ella no era nada, ¡muerta!,
¡la maté pero yo no quería!, ¡la maté porque la quería!-, llora.
Pasan unos minutos de lágrimas. El hombre se repone, se sienta en el
banco del confesionario. – Eso es todo, padre yo no quería, de verdad. Cuando
me di cuenta de lo que había hecho, lo primero que hice fue buscar una iglesia.
Necesitaba perdón, yo soy un hombre bueno que ha cometido un error y usted...
¡Usted tiene que perdonarme! ¡Dios perdona!- Se levanta, pone las manos sobre
la rejilla. -¡No ha hablado usted en todo este tiempo, padre, diga algo, por
Dios! ¡Perdóneme! ¡Deme su absolución! ¡Usted tiene que hacerlo!-, se
sienta, agarra la rejilla, sacude el confesionario. –¡Hágalo, padre, le he
dicho que me perdone!-, grita, la cara contraida con una mueca de ira.–¡Perdóneme!.-
Escucha algo. Abre las manos y retrocede un poco, sentándose en el
banco expectante.
Con un débil crujido, la pequeña ventanita de la rejilla se abre. Un
brillo metálico, una mano fuerte apretada en torno a unas cachas metálicas. Un
cañón de nueve milímetros. Por la ventana asoma. El hombre pierde el habla.
-Padre
.....
-Ego
te absolvo.
BANG